Publio Cornelio Escipión Africano y El Príncipe de Maquiavelo


El post de hoy sigue la senda de temas relacionados con Publio Cornelio Escipión Africano, en concreto hoy exponemos un texto de Maquiavelo de su libro El Príncipe. El capítulo lleva por título: “De la crueldad y la clemencia;y si es mejor ser amado que temido, o ser temido que amado“. Es uno de los pasajes que más me gustan del libro de Maquiavelo y de los más polémicos. Y dice así:

“Paso a las otras cualidades ya cimentadas y declaro que todos los príncipes deben desear ser tenidos por clementes y no por crueles. Y, sin embargo, deben cuidarse de emplear mal esta clemencia, César Borgia era considerado cruel, pese a lo cual fue su crueldad la que impuso el orden en la Romaña, la que logró su unión y la que la volvió a la paz y a la fe. Que, si se examina bien, se verá que Borgia fue mucho más clemente que el pueblo florentino, que para evitar ser tachado de cruel, dejó destruir a Pistoya. Por lo tanto, un príncipe no debe preocuparse porque lo acusen de cruel, siempre y cuando su crueldad tenga por objeto el mantener unidos y fieles a los súbditos; porque con pocos castigos ejemplares será más clemente que aquellos que, por excesiva clemencia, dejan multiplicar los desórdenes, causas de matanzas y saqueos que perjudican a toda una población, mientras que las medidas extremas adoptadas por el príncipe sólo van en contra de uno. Y es sobre todo un príncipe nuevo el que no debe evitar los actos de crueldad, pues toda nueva dominación trae consigo infinidad de peligros. Así se explica que Virgilio ponga en boca de Dido:

“Res dura et regni novitas me talia cogunt
Moliri, et late fines custode tueri”.

Sin embargo, debe ser cauto en el creer y el obrar, no tener miedo de sí mismo y proceder con moderación, prudencia y humanidad, de modo que una excesiva confianza no lo vuelva imprudente, y una desconfianza exagerada, intolerable.

Surge de esto una cuestión: si vale más ser amado que temido, o temido que amado. Nada mejor que ser ambas cosas a la vez; pero puesto que es difícil reunirlas y que siempre ha de faltar una, declaro que es más seguro ser temido que amado. Porque de la generalidad de los hombres se puede decir esto: que son ingratos, volubles, simuladores, cobardes ante el peligro y ávidos de lucro. Mientras les haces bien, son completamente tuyos: te ofrecen su sangre, sus bienes, su vida y sus hijos, pues —como antes expliqué— ninguna necesidad tienes de ello; pero cuando la necesidad se presenta se rebelan. Y el príncipe que ha descansado por entero en su palabra va a la ruina al no haber tomado otras providencias; porque las amistades que se adquieren con el dinero y no con la altura y nobleza de almas son amistades merecidas, pero de las cuales no se dispone, y llegada la oportunidad no se las puede utilizar. Y los hombres tienen menos cuidado en ofender a uno que se haga amar que a uno que se haga temer; porque el amor es un vínculo de gratitud que los hombres, perversos por naturaleza, rompen cada vez que pueden beneficiarse; pero el temor es miedo al castigo que no se pierde nunca. No obstante lo cual, el príncipe debe hacerse temer de modo que, si no se granjea el amor, evite el odio, pues no es imposible ser a la vez temido y no odiado; y para ello bastará que se abstenga de apoderarse de los bienes y de las mujeres de sus ciudadanos y súbditos, y que no proceda contra la vida de alguien sino cuando hay justificación conveniente y motivo manifiesto; pero sobre todo abstenerse de los bienes ajenos, porque los hombres olvidan antes la muerte del padre que la pérdida del patrimonio. Luego, nunca faltan excusas para despojar a los demás de sus bienes, y el que empieza a vivir de la rapiña siempre encuentra pretextos para apoderarse de lo ajeno, y, por el contrario, para quitar la vida, son más raros y desaparezcan con más rapidez.

Pero cuando el príncipe está al frente de sus ejércitos y tiene que gobernar a miles de soldados, es absolutamente necesario que no se preocupe si merece fama de cruel, porque sin esta fama jamás podrá tenerse ejército alguno unido y dispuesto a la lucha. Entre las infinitas cosas admirables de Aníbal se cita la de que, aunque contaba con un ejército grandísimo, formado por hombres de todas las razas a los que llevó a combatir en tierras extranjeras, jamás surgió discordia alguna entre ellos ni contra el príncipe, así en la mala como en la buena fortuna. Y esto no podía deberse sino a su crueldad inhumana, que, unida a sus muchas otras virtudes, lo hacía venerable y terrible en el concepto de los soldados; que, sin aquélla, todas las demás no le habrían bastado para ganarse este respeto. Los historiadores poco reflexivos admiran, por una parte, semejante orden, y, por la otra, censuran su razón principal. Que si es verdad o no que las demás virtudes no le habrían bastado puede verse en Escipión —hombre de condiciones poco comunes, no sólo dentro de su boca, sino dentro de toda la historia de la humanidad—, cuyos ejércitos se rebelaron en España. Lo cual se produjo por culpa de su excesiva clemencia, que había dado a sus soldados más licencia de la que a la disciplina militar convenía. Falta que Fabio Máximo le reprochó en el Senado, llamándolo corruptor de la milicia romana. Los locrios, habiendo sido ultrajados por un enviado de Escipión, no fueron desagraviados por éste ni la insolencia del primero fue castigada naciendo todo de aquel su blando carácter. Y a tal extremo, que alguien que lo quiso justificar ante el Senado dijo que pertenecía a la clase de hombres que saben mejor no equivocarse que enmendar las equivocaciones ajenas. Este carácter, con el tiempo habría acabado por empañar su fama y su honor, a haber llegado Escipión al mando absoluto; pero como estaba bajo las órdenes del Senado, no sólo quedó escondida esta mala cualidad suya, sino que se convirtió en su gloria.

Volviendo a la cuestión de ser amado o temido, concluyo que, como el amar depende de la voluntad de los hombres y el temer de la voluntad del príncipe, un príncipe prudente debe apoyarse en lo suyo y no en lo ajeno, pero, como he dicho, tratando siempre de evitar el odio”.

Esta bien poner algo de alguien que critique a Escipión de vez en cuando, pero no muchas veces.

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4 Respuestas a “Publio Cornelio Escipión Africano y El Príncipe de Maquiavelo

  1. Tema muy profundo. Filosofemos: En general, mi perspectiva no es la de Maquiavelo. Lleva razón en que la clemencia puede ser inútil o poco práctica, aunque eso se debe no al que la practica sino a la mezquindad del que se beneficia de ella. Si a César, por ejemplo, no le hubiese dado por la clemencia se habría ahorrado ser asesinado por aquellos a los que él perdonó.

    Lo que Maquiavelo propone se parece mucho a valerse del miedo para dominar a los demás, y paradójicamente, evitar así desastres. No digo que no funcione, pero es como situarnos un paso atrás del contrato social de Rousseau: los más fuertes intimidan a los demás. Hay paz, sí, pero es la paz de los cementerios.

    Lectura recomendadísima para esto: “De clementia”. Fue lo primero que leí de Séneca y me encantó. Lo escribió cuando el muchachito que era Nerón empezaba a enseñar los dientes.

    • Muchísimas gracias por tu comentario. Es muy interesante y de mucha calidad.

      En cuanto a la obra de Séneca la leí en bachillerato. Estoy contigo en que es más que recomendable. Me gustó más sobre la brevedad de la vida. Creo que volveré a leerlas.
      Apostaría que en los diskettes que te pasé las tenía en word.
      En cuanto a la crueldad, creo que Maquiavelo es un pragmático. Piensa lo ideal sería un gobernante que por su carisma inspire un profundo amor en sus súbditos, pero reflexiona y dice: ¿Cuánta gente tiene ese carisma? y si a eso le añade que te quieran depende de los demás…lleva a la conclusión a Maquiavelo que el camino más rápido y cómodo es la crueldad.
      Siempre que leo este capítulo se me viene el ejemplo de la enseñanza. Lo ideal sería que nos enseñasen con amor, a nuestro ritmo, con dulzura…pero todos sabemos como les va a esos profesores que son blanditos si no tienen una potente personalidad,por desgracia se los comen. También me viene a la mente la frase de una guantá a tiempo.
      Por último decir que lo que he comentado lo defiendo para aquella época, ni soy un defensor de la violencia, ni de la crueldad…Ya que la crueldad lleva como dices al gobierno de los violentos, no se si de los más fuertes, y eso es una dictadura y esa forma de gobierno es el fracaso colectivo de una nación.

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