Inter nos (II): Mónte Gólgota


Ya que hablamos de montes célebres y que acabamos de pasar la Semana Santa quiero dedicar esta segunda intervención en el blog de mi amigo Emilio al montículo en el que tuvo lugar la ejecución más trascendente de la Historia: el monte Gólgota (“lugar de la calavera”) en el que expiró Jesús de Nazaret.

 

“Llegados al lugar llamado Gólgota, esto es, lugar del Calvario, le dieron a beber vino mezclado con hiel” (Mt 27, 33-34).

 

“Lo condujeron al lugar del Gólgota, que significa lugar de la Calavera” (Mc 15, 22-23).

 

“Cuando llegaron al lugar llamado Calvario, le crucificaron allí, a él y a los ladrones, uno a la derecha y otro a la izquierda” (Lc 23, 33-34).

 

“Cargando él con su cruz, salió hacia el lugar llamado Calvario, eh hebreo Gólgota, donde le crucificaron, y con él a otros dos, uno a cada lado, y en medio Jesús” (Jn 19, 17-19).

 

Los cuatro evangelios canónicos coinciden en situar la ejecución de Jesús en un “lugar” designado en hebreo como “Gólgota” (“cráneo”), lugar este que recibe igualmente la denominación latina de “Calvario” (“lugar de la calavera”) en los textos de Mateo, Lucas y Juan.

 

El turista que visite hoy la ciudad de Jerusalén no encontrará problemas en la localización de este lugar… en principio. Como todo el mundo sabe, fue Santa Helena, madre del emperador Constantino, quien supuestamente habría descubierto el Gólgota y el lugar del enterramiento de Jesús, en el que se levantaría la iglesia del Santo Sepulcro. La cuestión es que las circunstancias del hallazgo de Santa Helena resultan cuanto menos chocantes desde el prisma del estudio científico (no religioso) de la Historia: el “hallazgo”, según cuenta Sócrates de Constantinopla, se produjo nada menos que en el año 328 y merced a un “sueño” revelador en el que Santa Helena habría visualizado el modo de encontrar esos lugares. Lo que sigue no es menos confuso ni deja un menor regusto a leyenda piadosa: es una estatua de Venus la que señala a la santa el lugar del Gólgota, donde excava y localiza tres cruces (la de Jesús y los ladrones, por supuesto) y el titulus crucis. La de Jesús queda localizada al obrar una curación milagrosa

 

En primer lugar, y dejando al margen las dudosas fuentes en las que se basó Santa Helena para su hallazgo, el descubrimiento de tres cruces (hay que entender que completas) choca con la forma en la que se practicaban estas ejecuciones. Hoy sabemos que la stipe o palo vertical permanecía siempre inmóvil en el lugar de ejecución, mientras que el reo cargaba con el patibulum, al que sería clavado por las muñecas e izado en la stipe. Posteriormente, el patibulum podría ser reaprovechado para otro desgraciado cuya longitud de brazos fuese similar. La probabilidad de encontrar en el año 328 el patibulum y la stipe de Jesús (¡y de los ladrones!) casualmente encajados y en el lugar mismo de la ejecución es cuanto menos descabellada, por no mencionar el descubrimiento allí mismo del “titulus”

 

Pero al margen de estas cuestiones, hay otro factor más rotundo y definitivo para desechar el descubrimiento de Santa Helena. El Calvario real debía encontrarse fuera de los muros de la ciudad santa, como prescribía la ley mosaica, y no dentro de los límites de esta en época de Jesús. Y eso por no hablar del hallazgo de los túneles de los Asmoneos, que sitúan el suelo pisado por Jesús a unos veinte metros por debajo del nivel del suelo actual.

 

Así las cosas, no resulta extraño que desde hace tiempo hayan ido surgiendo otros posibles emplazamientos. Quiero señalar, por sus especialísimas condiciones, el llamado “Calvario de Gordon”.

 

Al margen de la mala información disponible en internet sobre este lugar (identificado como el Calvario real por Charles Gordon en 1885), animo al posible lector de esta entrada a echar tan sólo una mirada a cualquier fotografía del mismo. Poca duda cabe de que, de haber tenido ese mismo perfil en el siglo I d.C. (y ese es otro tema de discusión) podría haberse llamado con justicia “lugar de la calavera”. Su ubicación se encuentra en las afueras de la Puerta de Damasco, con lo que salvaríamos el grave escollo del límite de la ciudad santa, y para más inri (nunca mejor dicho) cerca de la llamada “tumba del jardín”. Esta última, señalada por muchos como el verdadero Santo Sepulcro, es una antigua sepultura que debe su nombre a la existencia de un huerto cercano (tal y como consta en los evangelios acerca de la sepultura de Jesús, facilitada por José de Arimatea). Junto a ella, una imponente cisterna que obliga a pensar que se trata de la tumba de alguien adinerado como pudo ser el de Arimatea, miembro del Sanedrín. Hay también quien ha apuntado que la excesiva antigüedad de ésta la alejaría del siglo I, lo que obligaría a interpretar la idea de un sepulcro “nuevo” en el sentido de inutilizado.

 

Probablemente nunca sabremos el emplazamiento correcto del Calvario y del sepulcro de Jesús, pero tanto el “Calvario de Gordon” como la “tumba del jardín” (decorada, por cierto con cruces e inscripciones paleocristianas que llevan a pensar que pudo tratarse de un punto importante para los cristianos primitivos) merecen la atención del visitante y parecen encajar con la Historia de forma menos artificial y forzada que los “santos lugares” oficiales.

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